lunes, 13 de enero de 2014

LA VIDA IMAGINADA ES LA ÚNICA POSIBLE
A sus 35 años, y con un nuevo fracaso amoroso, el último de una larga lista, era lógico que Asunción se preguntase, por enésima vez, qué sucedía con su vida. Había terminado una tortuosa relación con un belga que vivía a las afueras de su localidad de residencia. No llegó a enamorarse de él, sólo le pareció interesante por sus muchos viajes, porque era rubio y de pelo fino, delgado como un fideo, con un cuerpo horrible del que jamás habría pensado sentirse atraída, y casi diez años mayor que ella. Él se consideraba un tipo especial, aún sin los estudios básicos terminados ni trabajo regulado, ya que el único trabajo reconocido era el de buscar inquilinos para alquilar el chalet de unos amigos, situado frente a la vivienda que ocupaba, construida para el casero, labor que ejercía cuando lograba alquilarla. Ella, una mujer con inquietudes múltiples y enorme curiosidad, se creía esa imagen que él transmitía de extranjero aventurero. En el fondo era muy probable que a ambos les uniese la misma infelicidad. Pero lo más doloroso no fue la seguridad excesiva de él, o la fragilidad de ella, sino el hecho de que realmente no la quería, y así se lo hizo saber. Aunque ella tampoco, tan sólo fue presa de la desesperación al creer que era su última posibilidad, pues a sus treinta y cinco las oportunidades hay que aprovecharlas como si la vida se fuese en ello.
La vida realmente casi se le fue en el intento. La ruptura la ayudó a hacerse más fuerte. Se buscó un piso para independizarse de tamaña situación tóxica, y consiguió el apoyo de un profesional, gracias al cual empezó a sentirse mejor. Al cabo de tres años Jean Claude contactaría con ella para informarle que estaba saliendo con una mujer mayor de 40 años. Se lamentaba justificando la edad del ligue por el hecho de que se trataba de una mujer aún atractiva, a la que tampoco quería. Asunción esta vez sí percibió lo terrible de lo que estaba escuchando. Pero a pesar de que hizo importantes cambios a partir de ese fracaso, en el aspecto amoroso nunca logró aprender, siempre se perdía en el laberinto de las relaciones, con la sensación de que su propia identidad se difuminaba en contacto con él, hasta el punto de desear mejor estar sola.
En el preciso momento en que recibió la llamada de Jean Claude, ella estaba en plena relación con un tipo atractivo, silencioso, un buen amante incapaz de apreciarla, al que probablemente ella tampoco apreciara, al que atosigó con sus deseos más íntimos de soniquetes y nanas; quería conseguirlo antes de llegar a sus cuarenta. Él se asustó tanto que echó a correr apabullado. Ciertamente se precipitó en la petición, pues no habían transcurrido ni dos meses desde que empezaron a salir juntos. Este último no llegó a las tonterías del anterior, y esto contribuyó bastante a que sus discusiones finales fuesen más pausadas y razonables, pero siempre dolorosas. Asunción pasaba de una calamitosa, a otra más estrepitosa relación de pareja. A veces le gustaba pensar que hubo una vez en la que….., realmente podría haber sido; hace ya muchos años, antes de conocer al belga. Asunción tenía una sensibilidad extraordinaria para sentirse atraída por los tipos más estúpidos, o más inadecuados, o ambas cosas a la vez. Este era el grave problema de esta mujer. Esa patológica tendencia a perder el tiempo, y hacerse daño, al fijarse siempre en la persona equivocada.