lunes, 1 de diciembre de 2014

María acaba de llegar de Málaga y está saboreando un café sentada en la terraza de una cafetería próxima a la estación de tren. Escucha el murmullo de la gente en tanto espera a que llegue el marido de su hija Lola para recogerla. Está sentada allí, encajando su timidez, sin saber qué hacer con sus manos ni con todo su ser. Mueve la cucharilla dentro de la taza y reflexiona en el largo tiempo que hace que no ve a su hija. Si pudiera, piensa, le diría muchas cosas, pero ella prefiere callar. Se encuentra bastante inquieta. Como de costumbre convive con una siempre presente sintonía de ansiedad que arrastra desde hace décadas. Familiares y amigos ven en ella a una mujer delgada y pequeña, de genio vivo, capaz de montar un flete por menos que canta un gallo. Nunca es fácil mantener la calma frente a la adversidad si además se es pobre. María apenas sabe leer y escribir.
Pasó buena parte de su vida alternando el trabajo en el campo con el servicio doméstico, limpiando y cocinando para las familias ricas del pueblo. Tuvo seis hijos, y Lola, la que esta a punto de ver, fue la tercera, que llegó al mundo en el más absoluto de sus pesares. La segunda hija se le murió en sus brazos sin llegar a los ocho meses de vida. Era una niña hermosa, ojos claros y pelo rubio, risueña, resuelta. De pronto, le vinieron unas fiebres que duraron varios días, y ella se sintió perpleja de no saber si se debían al frío o a la leche, si cogió una pulmonía, neumonía, o simplemente se trataba de las fiebres malta,  causa de muerte de muchos niños entonces. A principios de febrero qué se puede esperar sino el mal tiempo. Todo el mundo vivía en aquella época con poco abrigo y escasos alimentos, y el médico estaba a kilómetros de distancia, porque en ese invierno de 1912 María y su marido cuidaban el cortijo de unos señoritos muy finos, situado a unos 15 kilómetros de distancia de la ciudad.
Su hija mayor, Carmen, lo observaba todo con mucha atención, los movimientos rápidos de su madre momentos antes del súbito adiós, el rostro preocupado de su padre, y esa espesa y tan pesada angustia que ocupaba toda la estancia. La hija mayor lo olvidaría, porque a sus ocho años estaba fuerte para asumir y continuar, pero la madre no. La pesadumbre de la angustia se quedó para siempre en María. Alargó la mantita sobre el cuerpo muerto de Isabel y la cubrió de amor; no quería creer que se había ido para siempre. Tampoco el padre pudo hacer mucho por aliviar la pena. Pasó la mano por encima de su mujer, miró con tristeza el cuerpo muerto de su hija, y así, como si tal cosa, como si nada, se fue a realizar sus faenas agrícolas. Ni una lágrima, para qué, si el pobre es tan pobre que ni llorar puede para no derrumbarse.
Aquel día María no probó bocado, se quedó allí sentada con su hija en sus brazos todo el día. Llegó su marido al mediodía, la miró, sintió lástima por todo, comió algo, y volvió de nuevo a su trabajo en el campo, arrastrando la angustia, comiéndosela. Luego llegó un día, y otro, y un mes, y el siguiente, y pasó un año cuando nació Lola y un nuevo resurgir creció entre ellos, pero ya nada pudo ser como antes. A partir de entonces la pesadumbre se mezcló con las risas, la angustia se acompañó de ternura, y el amor convivió con la rabia, perdurando en el tiempo. Lola creció y se tragó la angustia, se casó, parió siete hijos.

Ahora, en ese preciso instante en el que María está sentada en la terraza de la cafetería, el marido de su hija la saluda desde lejos, se acerca y le toca el hombro despertándola del profundo letargo en el que está envuelta. Qué puede saber él de la pérdida de una hija, qué sabe él de su pena, y qué sabe él ni tan siguiera de la angustia de su hija Lola. Su yerno, un apuesto caballero aficionado a visitar prostitutas desde sus primeros años de matrimonio. Si pudiera, si María pudiera, le contaría también del dolor de sus pérdidas y de sus ausencias, de las de ellos. Pero María calla, y callará para siempre. Le saluda, se abrazan y se besan, ella se agarra al brazo de su yerno y caminan hacia la salida, paso a paso hacia delante, en silencio.

miércoles, 16 de julio de 2014

El tipo, un alto cargo con muchos títulos académicos, entonaba el discurso de tal modo, que recordaba la cadencia rítmica del exquisito Ortega y Gasset, cuando daba esas conferencias tan elocuentes sobre el sentido de la vida y sus circunstancias. Probablemente, llegado el caso, la circunstancia de cada cual le importaría un bledo al filósofo. Tampoco le importaba mucho al catedrático don Pamplín.  

        Es curioso comprobar cómo lo patán se combina perfectamente con la inteligencia. Incluso un patán puede ser una persona diestra en la buena escritura, y de altas exigencias culturales. Don Pamplín era un verdadero patán, y algunos más hay en  su mundillo universitario.

        En la universidad se conocen individuos de lo más diverso. Pero la universidad no es sólo una institución, es también un estamento social, y como tal, priman valores aristocráticos, aunque resulten grotescos en el día de hoy;  y que son perfectamente perceptibles para quienes, como yo, podemos observarla a cierta distancia.

         Lo aristocrático prevalece, y hace extensible la sombra sobre aquellos que el eminente académico ha decidido calificar de “gente non grata”, siguiendo los criterios por él determinados como objetivos para decidir quiénes investigan. Estos criterios redundan en evaluaciones que etiquetan en las categorías de diestros, y no diestros o incapaces. Algunos hay que están considerados sin que lo meritorio medie como resultado de sus propias destrezas investigadoras, sino por el hecho de que se mantienen tan dóciles y buenos aplaudidores a los méritos de los eruditos, que sus sonoras palmas les hacen confirmar al eminente académico, que en efecto cada cual ha de estar donde ha de estar, y que no se pasen en lo más mínimo queriendo saltar la línea a la que ellos pertenecen, pues ahí sólo entran los elegidos. Si la plebe no publica en buenas revistas, demuestra que no son como la alta aristocracia académica, y no merece que se les de alas para formarse, a no ser que disponga de fondos económicos para tal fin.


           Se alaba que se premie el esfuerzo, y  se valoren los méritos que la persona consiga, pero se critica el hecho de que no se reconozca la realidad de cada individualidad, hasta el punto de darle poder al prejuicio, negándole al susodicho la posibilidad de estrenarse en la investigación. Entonces, el erudito se ciega y no ve más que lo que marcan el protocolo de la institución, y las buenas formas y demás requisitos que ha de cumplir un investigador. Cuando se impone el prejuicio, al académico sólo le queda la incredulidad de que sea posible el talento entre la plebe. Si la plebe  puede, que lo demuestre, como decía don Pamplín, y muchos como él. Porque estamos en una sociedad justa, sí señores, en una sociedad meritocrática, a cada cual según su capacidad,  que nadie lo ponga en duda.

lunes, 14 de julio de 2014



Así continuaron, desde las once de la noche, a las tres de la madrugada, creyendo tener la potestad para juzgarlos sin la menor impunidad.   Porque ¿qué más les daban que sus juicios fuesen más o menos acertados?  Lo realmente importante en estos casos es la sensación de confort que el criticar produce al hacerlas sentir inmunes de toda imperfección. Una hermosura grotesca, burda, deforme, conforta al que critica. Bajo el filtro del espejo del critiqueo, creen convertir sus propias fealdades, en modelos de belleza. 

lunes, 13 de enero de 2014

LA VIDA IMAGINADA ES LA ÚNICA POSIBLE
A sus 35 años, y con un nuevo fracaso amoroso, el último de una larga lista, era lógico que Asunción se preguntase, por enésima vez, qué sucedía con su vida. Había terminado una tortuosa relación con un belga que vivía a las afueras de su localidad de residencia. No llegó a enamorarse de él, sólo le pareció interesante por sus muchos viajes, porque era rubio y de pelo fino, delgado como un fideo, con un cuerpo horrible del que jamás habría pensado sentirse atraída, y casi diez años mayor que ella. Él se consideraba un tipo especial, aún sin los estudios básicos terminados ni trabajo regulado, ya que el único trabajo reconocido era el de buscar inquilinos para alquilar el chalet de unos amigos, situado frente a la vivienda que ocupaba, construida para el casero, labor que ejercía cuando lograba alquilarla. Ella, una mujer con inquietudes múltiples y enorme curiosidad, se creía esa imagen que él transmitía de extranjero aventurero. En el fondo era muy probable que a ambos les uniese la misma infelicidad. Pero lo más doloroso no fue la seguridad excesiva de él, o la fragilidad de ella, sino el hecho de que realmente no la quería, y así se lo hizo saber. Aunque ella tampoco, tan sólo fue presa de la desesperación al creer que era su última posibilidad, pues a sus treinta y cinco las oportunidades hay que aprovecharlas como si la vida se fuese en ello.
La vida realmente casi se le fue en el intento. La ruptura la ayudó a hacerse más fuerte. Se buscó un piso para independizarse de tamaña situación tóxica, y consiguió el apoyo de un profesional, gracias al cual empezó a sentirse mejor. Al cabo de tres años Jean Claude contactaría con ella para informarle que estaba saliendo con una mujer mayor de 40 años. Se lamentaba justificando la edad del ligue por el hecho de que se trataba de una mujer aún atractiva, a la que tampoco quería. Asunción esta vez sí percibió lo terrible de lo que estaba escuchando. Pero a pesar de que hizo importantes cambios a partir de ese fracaso, en el aspecto amoroso nunca logró aprender, siempre se perdía en el laberinto de las relaciones, con la sensación de que su propia identidad se difuminaba en contacto con él, hasta el punto de desear mejor estar sola.
En el preciso momento en que recibió la llamada de Jean Claude, ella estaba en plena relación con un tipo atractivo, silencioso, un buen amante incapaz de apreciarla, al que probablemente ella tampoco apreciara, al que atosigó con sus deseos más íntimos de soniquetes y nanas; quería conseguirlo antes de llegar a sus cuarenta. Él se asustó tanto que echó a correr apabullado. Ciertamente se precipitó en la petición, pues no habían transcurrido ni dos meses desde que empezaron a salir juntos. Este último no llegó a las tonterías del anterior, y esto contribuyó bastante a que sus discusiones finales fuesen más pausadas y razonables, pero siempre dolorosas. Asunción pasaba de una calamitosa, a otra más estrepitosa relación de pareja. A veces le gustaba pensar que hubo una vez en la que….., realmente podría haber sido; hace ya muchos años, antes de conocer al belga. Asunción tenía una sensibilidad extraordinaria para sentirse atraída por los tipos más estúpidos, o más inadecuados, o ambas cosas a la vez. Este era el grave problema de esta mujer. Esa patológica tendencia a perder el tiempo, y hacerse daño, al fijarse siempre en la persona equivocada.