Era una noche de julio, y Mariquilla,
como de costumbre, estaba sentada en la puerta de su casa con Angelita y
Milagrito. Hablaban de la mala educación del hijo de María, la viuda de una de
las primeras casas al comienzo de la calle, la que vivía junto a la puerta de
la iglesia. El joven, de apenas dieciocho años, acababa de terminar la
secundaria con unas notas de sobresalientes, y al año siguiente continuaría sus estudios en Inglaterra.
Angelita criticaba la actitud prepotente de la madre, en tanto Milagrito,
destacaba las rarezas del hijo, pues siempre le pareció un poco rarito. ¿Un
poco rarito?, enfatizaba Mariquilla, como queriendo dar a entender que ese niño
debía tener algún problema más gordo. Y es que, comparado con el hijo de
Maruja, del que todos decían que le daba a las drogas, el de María era soso y
aislado. Indiscutiblemente, el hijo de Maruja era más espabilado.
Así continuaron, desde
las once de la noche, a las tres de la madrugada, creyendo tener la potestad
para juzgarlos sin la menor impunidad. Porque ¿qué más les daban que sus juicios
fuesen más o menos acertados? Lo
realmente importante en estos casos es la sensación de confort que el criticar
produce al hacerlas sentir inmunes de toda imperfección. Una hermosura
grotesca, burda, deforme, conforta al que critica. Bajo el filtro del espejo
del critiqueo, creen convertir sus propias fealdades, en modelos de belleza.
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