domingo, 22 de abril de 2018

 

¿A qué meritocracia nos referimos cuando hablamos de universidad?

 

La meritocracia es una combinación entre inteligencia y esfuerzo y suele concebirse sin relacionar con el contexto social, pese a la influencia que el contexto ejerce en la motivación de los individuos para esforzarse y conseguir objetivos. También tiende a darse por sentado que los logros se deben siempre a la inteligencia y al esfuerzo.

La referencia a la meritocracia, sea en el ámbito universitario o en cualquier otro, puede relacionarse con el enfoque de capacidades de Amartya Sen, entendiéndose la capacidad como un espacio de libertad que se da cuando existen las oportunidades sustantivas para que los individuos puedan llegar a hacer y ser lo que consideren importantes para sus vidas. Pero la definición de meritocracia tiende a definirse desde una perspectiva individualista, vinculada al esfuerzo y capacidad intelectual del docente-investigador. A este respecto cabe preguntarse hasta qué punto es meritocrática la Universidad: ¿todo el personal investigador y docente tiene a su alcance estas oportunidades necesarias para llegar a ser y hacer lo que consideren importantes para sus carreras profesionales? ¿Acaso no se dan desigualdades en esta distribución de oportunidades? ¿Esta distribución de oportunidades tiene una relación clara y directa con la inteligencia y el esfuerzo, o interfieren también otros factores? Para reflexionar sobre estas cuestiones se aportan observaciones sobre algunas estrategias que utiliza el profesorado para promocionarse en la Universidad y conseguir las acreditaciones necesarias para contratos más estables.

Algunos profesores, puede que ahora titulados universitarios, nunca han publicado en una revista indexada de calidad. Sus logros investigadores giran en torno a publicaciones de libros que en ocasiones están financiados por ellos mismos. También capítulos de libros, lo más habitual, con frecuencia en editoriales de prestigio, pero con escasas o nulas evaluaciones externas, o como resultados de inscripciones a Congreso que incluyen estas publicaciones. La siguiente conducta habitual entre el profesorado, que facilita el trabajo y en la que suelen incurrir todas las disciplinas académicas, es la de repartirse la construcción del artículo, o capítulo de libro, entre varios autores. Esto no sería un inconveniente si el profesor ha sido capaz de publicar un artículo de forma autónoma en una revista de cierta calidad, sin ayuda de otros.

Se que un psicólogo rebatiría mi postura y diría que la actitud de la persona, mucho más que el contexto social, determina sus logros; y quizás también tenga razón. ¿Pero, hasta qué punto la actitud del individuo, la respuesta de la persona a su entorno, marca su éxito profesional? ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿El contexto influye en nuestras actitudes, y, éstas, a su vez, repercuten en nuestros logros profesionales?; lo que apoyaría el factor social. ¿O bien nacemos con unas cualidades y actitudes ya innatas? La confirmación de esto último nos inclinaría hacia el enfoque individualista de la meritocracia, fundamentada en las cualidades del individuo y en su esfuerzo personal. Sin embargo, como estamos viendo por los ejemplos expuestos, la realidad a veces se hace rancia y se aleja del mérito bajo ambos enfoques. Desde el enfoque de capacidades de Sen, los individuos necesitan oportunidades para llegar a ser y hacer lo que consideren importantes para sus promociones dentro de la Universidad. Pero los ejemplos descritos se alejan incluso de la perspectiva individualista de la meritocracia, porque en ocasiones no prima la capacidad y el esfuerzo en el ascenso del profesorado, sino las argucias de moverse con las habilidades sociales necesarias para participar en proyectos de toda índole. De este modo, se hace prioritario el relacionarse hábilmente con otros colegas, para participar, por ejemplo, en publicaciones de capítulos de libros, o en todo lo que sea posible. Las relaciones sociales, por tanto, tienen un valor primordial para las acreditaciones del profesorado. Tanto es así que algunos medran, y a esto se le llama promocionarse. En la misma línea, los Congresos se convierten en un negocio en los que priman el interés monetario al interés científico.

Entonces, ¿hasta qué punto es meritocrática la Universidad? Lo es mucho más de lo que pensamos y mucho menos de lo que nos gustaría. Mejora con la democracia, tanto en su perspectiva social como individual. España es un buen ejemplo de ello. Como reconocimiento a las dificultades se abren convocatorias de proyectos y de estancias que contribuyen a abrir posibilidades entre el profesorado interesado. Por tanto, no todo está perdido. Cierto que existen malas praxis, como he venido relatando a lo largo del texto. Pero la Universidad se acoge a una normativa jurídica amparada en el derecho a la igualdad entre todos. Esto no quiere decir que alcancemos este ideal. Las estrategias, argucias y artimañas, seguirán existiendo en la Universidad. Estas serán más frecuentes y graves entre individuos de actitud maquiavélica (el fin justifica los medios), y mucho más en entornos universitarios no democráticos.

 

lunes, 1 de diciembre de 2014

María acaba de llegar de Málaga y está saboreando un café sentada en la terraza de una cafetería próxima a la estación de tren. Escucha el murmullo de la gente en tanto espera a que llegue el marido de su hija Lola para recogerla. Está sentada allí, encajando su timidez, sin saber qué hacer con sus manos ni con todo su ser. Mueve la cucharilla dentro de la taza y reflexiona en el largo tiempo que hace que no ve a su hija. Si pudiera, piensa, le diría muchas cosas, pero ella prefiere callar. Se encuentra bastante inquieta. Como de costumbre convive con una siempre presente sintonía de ansiedad que arrastra desde hace décadas. Familiares y amigos ven en ella a una mujer delgada y pequeña, de genio vivo, capaz de montar un flete por menos que canta un gallo. Nunca es fácil mantener la calma frente a la adversidad si además se es pobre. María apenas sabe leer y escribir.
Pasó buena parte de su vida alternando el trabajo en el campo con el servicio doméstico, limpiando y cocinando para las familias ricas del pueblo. Tuvo seis hijos, y Lola, la que esta a punto de ver, fue la tercera, que llegó al mundo en el más absoluto de sus pesares. La segunda hija se le murió en sus brazos sin llegar a los ocho meses de vida. Era una niña hermosa, ojos claros y pelo rubio, risueña, resuelta. De pronto, le vinieron unas fiebres que duraron varios días, y ella se sintió perpleja de no saber si se debían al frío o a la leche, si cogió una pulmonía, neumonía, o simplemente se trataba de las fiebres malta,  causa de muerte de muchos niños entonces. A principios de febrero qué se puede esperar sino el mal tiempo. Todo el mundo vivía en aquella época con poco abrigo y escasos alimentos, y el médico estaba a kilómetros de distancia, porque en ese invierno de 1912 María y su marido cuidaban el cortijo de unos señoritos muy finos, situado a unos 15 kilómetros de distancia de la ciudad.
Su hija mayor, Carmen, lo observaba todo con mucha atención, los movimientos rápidos de su madre momentos antes del súbito adiós, el rostro preocupado de su padre, y esa espesa y tan pesada angustia que ocupaba toda la estancia. La hija mayor lo olvidaría, porque a sus ocho años estaba fuerte para asumir y continuar, pero la madre no. La pesadumbre de la angustia se quedó para siempre en María. Alargó la mantita sobre el cuerpo muerto de Isabel y la cubrió de amor; no quería creer que se había ido para siempre. Tampoco el padre pudo hacer mucho por aliviar la pena. Pasó la mano por encima de su mujer, miró con tristeza el cuerpo muerto de su hija, y así, como si tal cosa, como si nada, se fue a realizar sus faenas agrícolas. Ni una lágrima, para qué, si el pobre es tan pobre que ni llorar puede para no derrumbarse.
Aquel día María no probó bocado, se quedó allí sentada con su hija en sus brazos todo el día. Llegó su marido al mediodía, la miró, sintió lástima por todo, comió algo, y volvió de nuevo a su trabajo en el campo, arrastrando la angustia, comiéndosela. Luego llegó un día, y otro, y un mes, y el siguiente, y pasó un año cuando nació Lola y un nuevo resurgir creció entre ellos, pero ya nada pudo ser como antes. A partir de entonces la pesadumbre se mezcló con las risas, la angustia se acompañó de ternura, y el amor convivió con la rabia, perdurando en el tiempo. Lola creció y se tragó la angustia, se casó, parió siete hijos.

Ahora, en ese preciso instante en el que María está sentada en la terraza de la cafetería, el marido de su hija la saluda desde lejos, se acerca y le toca el hombro despertándola del profundo letargo en el que está envuelta. Qué puede saber él de la pérdida de una hija, qué sabe él de su pena, y qué sabe él ni tan siguiera de la angustia de su hija Lola. Su yerno, un apuesto caballero aficionado a visitar prostitutas desde sus primeros años de matrimonio. Si pudiera, si María pudiera, le contaría también del dolor de sus pérdidas y de sus ausencias, de las de ellos. Pero María calla, y callará para siempre. Le saluda, se abrazan y se besan, ella se agarra al brazo de su yerno y caminan hacia la salida, paso a paso hacia delante, en silencio.

miércoles, 16 de julio de 2014

El tipo, un alto cargo con muchos títulos académicos, entonaba el discurso de tal modo, que recordaba la cadencia rítmica del exquisito Ortega y Gasset, cuando daba esas conferencias tan elocuentes sobre el sentido de la vida y sus circunstancias. Probablemente, llegado el caso, la circunstancia de cada cual le importaría un bledo al filósofo. Tampoco le importaba mucho al catedrático don Pamplín.  

        Es curioso comprobar cómo lo patán se combina perfectamente con la inteligencia. Incluso un patán puede ser una persona diestra en la buena escritura, y de altas exigencias culturales. Don Pamplín era un verdadero patán, y algunos más hay en  su mundillo universitario.

        En la universidad se conocen individuos de lo más diverso. Pero la universidad no es sólo una institución, es también un estamento social, y como tal, priman valores aristocráticos, aunque resulten grotescos en el día de hoy;  y que son perfectamente perceptibles para quienes, como yo, podemos observarla a cierta distancia.

         Lo aristocrático prevalece, y hace extensible la sombra sobre aquellos que el eminente académico ha decidido calificar de “gente non grata”, siguiendo los criterios por él determinados como objetivos para decidir quiénes investigan. Estos criterios redundan en evaluaciones que etiquetan en las categorías de diestros, y no diestros o incapaces. Algunos hay que están considerados sin que lo meritorio medie como resultado de sus propias destrezas investigadoras, sino por el hecho de que se mantienen tan dóciles y buenos aplaudidores a los méritos de los eruditos, que sus sonoras palmas les hacen confirmar al eminente académico, que en efecto cada cual ha de estar donde ha de estar, y que no se pasen en lo más mínimo queriendo saltar la línea a la que ellos pertenecen, pues ahí sólo entran los elegidos. Si la plebe no publica en buenas revistas, demuestra que no son como la alta aristocracia académica, y no merece que se les de alas para formarse, a no ser que disponga de fondos económicos para tal fin.


           Se alaba que se premie el esfuerzo, y  se valoren los méritos que la persona consiga, pero se critica el hecho de que no se reconozca la realidad de cada individualidad, hasta el punto de darle poder al prejuicio, negándole al susodicho la posibilidad de estrenarse en la investigación. Entonces, el erudito se ciega y no ve más que lo que marcan el protocolo de la institución, y las buenas formas y demás requisitos que ha de cumplir un investigador. Cuando se impone el prejuicio, al académico sólo le queda la incredulidad de que sea posible el talento entre la plebe. Si la plebe  puede, que lo demuestre, como decía don Pamplín, y muchos como él. Porque estamos en una sociedad justa, sí señores, en una sociedad meritocrática, a cada cual según su capacidad,  que nadie lo ponga en duda.

lunes, 14 de julio de 2014



Así continuaron, desde las once de la noche, a las tres de la madrugada, creyendo tener la potestad para juzgarlos sin la menor impunidad.   Porque ¿qué más les daban que sus juicios fuesen más o menos acertados?  Lo realmente importante en estos casos es la sensación de confort que el criticar produce al hacerlas sentir inmunes de toda imperfección. Una hermosura grotesca, burda, deforme, conforta al que critica. Bajo el filtro del espejo del critiqueo, creen convertir sus propias fealdades, en modelos de belleza. 

lunes, 13 de enero de 2014

LA VIDA IMAGINADA ES LA ÚNICA POSIBLE
A sus 35 años, y con un nuevo fracaso amoroso, el último de una larga lista, era lógico que Asunción se preguntase, por enésima vez, qué sucedía con su vida. Había terminado una tortuosa relación con un belga que vivía a las afueras de su localidad de residencia. No llegó a enamorarse de él, sólo le pareció interesante por sus muchos viajes, porque era rubio y de pelo fino, delgado como un fideo, con un cuerpo horrible del que jamás habría pensado sentirse atraída, y casi diez años mayor que ella. Él se consideraba un tipo especial, aún sin los estudios básicos terminados ni trabajo regulado, ya que el único trabajo reconocido era el de buscar inquilinos para alquilar el chalet de unos amigos, situado frente a la vivienda que ocupaba, construida para el casero, labor que ejercía cuando lograba alquilarla. Ella, una mujer con inquietudes múltiples y enorme curiosidad, se creía esa imagen que él transmitía de extranjero aventurero. En el fondo era muy probable que a ambos les uniese la misma infelicidad. Pero lo más doloroso no fue la seguridad excesiva de él, o la fragilidad de ella, sino el hecho de que realmente no la quería, y así se lo hizo saber. Aunque ella tampoco, tan sólo fue presa de la desesperación al creer que era su última posibilidad, pues a sus treinta y cinco las oportunidades hay que aprovecharlas como si la vida se fuese en ello.
La vida realmente casi se le fue en el intento. La ruptura la ayudó a hacerse más fuerte. Se buscó un piso para independizarse de tamaña situación tóxica, y consiguió el apoyo de un profesional, gracias al cual empezó a sentirse mejor. Al cabo de tres años Jean Claude contactaría con ella para informarle que estaba saliendo con una mujer mayor de 40 años. Se lamentaba justificando la edad del ligue por el hecho de que se trataba de una mujer aún atractiva, a la que tampoco quería. Asunción esta vez sí percibió lo terrible de lo que estaba escuchando. Pero a pesar de que hizo importantes cambios a partir de ese fracaso, en el aspecto amoroso nunca logró aprender, siempre se perdía en el laberinto de las relaciones, con la sensación de que su propia identidad se difuminaba en contacto con él, hasta el punto de desear mejor estar sola.
En el preciso momento en que recibió la llamada de Jean Claude, ella estaba en plena relación con un tipo atractivo, silencioso, un buen amante incapaz de apreciarla, al que probablemente ella tampoco apreciara, al que atosigó con sus deseos más íntimos de soniquetes y nanas; quería conseguirlo antes de llegar a sus cuarenta. Él se asustó tanto que echó a correr apabullado. Ciertamente se precipitó en la petición, pues no habían transcurrido ni dos meses desde que empezaron a salir juntos. Este último no llegó a las tonterías del anterior, y esto contribuyó bastante a que sus discusiones finales fuesen más pausadas y razonables, pero siempre dolorosas. Asunción pasaba de una calamitosa, a otra más estrepitosa relación de pareja. A veces le gustaba pensar que hubo una vez en la que….., realmente podría haber sido; hace ya muchos años, antes de conocer al belga. Asunción tenía una sensibilidad extraordinaria para sentirse atraída por los tipos más estúpidos, o más inadecuados, o ambas cosas a la vez. Este era el grave problema de esta mujer. Esa patológica tendencia a perder el tiempo, y hacerse daño, al fijarse siempre en la persona equivocada.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Al entrar en la iglesia mira al cura que está en el altar de la derecha. Hace calor aquí dentro, y sorprende, siendo un edificio en apariencia tan frío, con esos techos tan altos y en este mes de diciembre. Los jóvenes también vienen a misa, aunque muchos menos que cuando ella era joven. A la señora que está delante de ella la acompaña una joven. La misa termina y la abuela y su nieta van juntas a encender una vela. Introducen unas monedas en la ranura y se encienden dos lucecitas. Salen las dos en silencio sin haber determinado qué pedirle al cristo crucificado, o a esa virgen llorona que tiene a su hijo permanentemente enfrente de ella. De pronto recuerda algo que leyó de Canetti: “cuántas constelaciones mudas de poder hay que tan efectivas son en nuestra vida cotidiana” y “el orgullo del que está de pie es que esta libre y que en nada se apoya”. Esta es su postura en la iglesia en los cinco minutos que lleva, erguida y observando el final del ritual primitivo de la misa: levantarse, sentarse, persignarse, vuelta a levantarse, a sentarse, a persignarse.
Plena noche muy fría fuera y la ciudad está preciosa. Una estrenada iluminación le recuerda la navidad. Justo enfrente de la iglesia está el belén que todos los años monta el ayuntamiento. Más adelante, siguiendo por calle Larga, se escuchan villancicos desde los altavoces. Realmente bonito estar de nuevo en casa con todas sus hermanas. Se replantea pros y contras, pero la vida siempre sale triunfante por ser más fuerte y más sabia. Qué más da si la doctrina católica está un tanto desfasada, o que no sea creíble para ella, si existen cristos dolorosos que se mueven por solidaridad, y de una madre que llora, y de muchas madres que lloran, y de una nieta que se aferra a su abuela y echa una monedita, preguntándose, sin entender nada, pero sintiéndose bien sólo porque está junto a ella.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Sol radiante toda la semana y María está pletórica. Esta tarde llegan en un vuelo de Milán a Roma sus hijos y su marido. Ha sido una larga semana que le sirvió para hacer muchas cosas. Arreglar armarios y limpiar despensas. Hacer algunos recados que le encomendó Esteban tan encarecidamente, con esa coletilla tan habitual en él de: -Cuidado con tus despistes-. Durante una semana dejó de seguir estrictamente el reloj de una vida cotidiana organizada alrededor de ellos: horarios de coles, visitas al especialista, hablar con tutores, recogerle a él. Ordenó sus discos, fue a la peluquería, se acercó a ver una exposición que estaba a punto de cerrar y aprovechó algunos días para comer con la hermana de Esteban. Hoy camino al aeropuerto se siente expectante. Conduce prestando mucha atención a la carretera mientras escucha un CD de Dulce Pontes. El espléndido sol brilla allá arriba y aquí abajo a ella se la ve más atractiva que nunca, con ese brillo que da el amor que le trae esas ganas enormes de abrazarles. Así de simple y hermosa es una vida buena.