Ahora que se ha dejado de temer a las clases trabajadoras, ya no merecen respeto, y los de arriba pueden regodearse en su superioridad como si esto fuera el siglo XVIII (Polly Toynbee), en el libro de Owen Jones, Chavs. La demonización de la clase obrera.
jueves, 19 de diciembre de 2013
Al entrar en la iglesia mira al cura que está en el altar de la derecha. Hace calor aquí dentro, y sorprende, siendo un edificio en apariencia tan frío, con esos techos tan altos y en este mes de diciembre. Los jóvenes también vienen a misa, aunque muchos menos que cuando ella era joven. A la señora que está delante de ella la acompaña una joven. La misa termina y la abuela y su nieta van juntas a encender una vela. Introducen unas monedas en la ranura y se encienden dos lucecitas. Salen las dos en silencio sin haber determinado qué pedirle al cristo crucificado, o a esa virgen llorona que tiene a su hijo permanentemente enfrente de ella. De pronto recuerda algo que leyó de Canetti: “cuántas constelaciones mudas de poder hay que tan efectivas son en nuestra vida cotidiana” y “el orgullo del que está de pie es que esta libre y que en nada se apoya”. Esta es su postura en la iglesia en los cinco minutos que lleva, erguida y observando el final del ritual primitivo de la misa: levantarse, sentarse, persignarse, vuelta a levantarse, a sentarse, a persignarse.
Plena noche muy fría fuera y la ciudad está preciosa. Una estrenada iluminación le recuerda la navidad. Justo enfrente de la iglesia está el belén que todos los años monta el ayuntamiento. Más adelante, siguiendo por calle Larga, se escuchan villancicos desde los altavoces. Realmente bonito estar de nuevo en casa con todas sus hermanas. Se replantea pros y contras, pero la vida siempre sale triunfante por ser más fuerte y más sabia. Qué más da si la doctrina católica está un tanto desfasada, o que no sea creíble para ella, si existen cristos dolorosos que se mueven por solidaridad, y de una madre que llora, y de muchas madres que lloran, y de una nieta que se aferra a su abuela y echa una monedita, preguntándose, sin entender nada, pero sintiéndose bien sólo porque está junto a ella.
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