miércoles, 16 de julio de 2014

El tipo, un alto cargo con muchos títulos académicos, entonaba el discurso de tal modo, que recordaba la cadencia rítmica del exquisito Ortega y Gasset, cuando daba esas conferencias tan elocuentes sobre el sentido de la vida y sus circunstancias. Probablemente, llegado el caso, la circunstancia de cada cual le importaría un bledo al filósofo. Tampoco le importaba mucho al catedrático don Pamplín.  

        Es curioso comprobar cómo lo patán se combina perfectamente con la inteligencia. Incluso un patán puede ser una persona diestra en la buena escritura, y de altas exigencias culturales. Don Pamplín era un verdadero patán, y algunos más hay en  su mundillo universitario.

        En la universidad se conocen individuos de lo más diverso. Pero la universidad no es sólo una institución, es también un estamento social, y como tal, priman valores aristocráticos, aunque resulten grotescos en el día de hoy;  y que son perfectamente perceptibles para quienes, como yo, podemos observarla a cierta distancia.

         Lo aristocrático prevalece, y hace extensible la sombra sobre aquellos que el eminente académico ha decidido calificar de “gente non grata”, siguiendo los criterios por él determinados como objetivos para decidir quiénes investigan. Estos criterios redundan en evaluaciones que etiquetan en las categorías de diestros, y no diestros o incapaces. Algunos hay que están considerados sin que lo meritorio medie como resultado de sus propias destrezas investigadoras, sino por el hecho de que se mantienen tan dóciles y buenos aplaudidores a los méritos de los eruditos, que sus sonoras palmas les hacen confirmar al eminente académico, que en efecto cada cual ha de estar donde ha de estar, y que no se pasen en lo más mínimo queriendo saltar la línea a la que ellos pertenecen, pues ahí sólo entran los elegidos. Si la plebe no publica en buenas revistas, demuestra que no son como la alta aristocracia académica, y no merece que se les de alas para formarse, a no ser que disponga de fondos económicos para tal fin.


           Se alaba que se premie el esfuerzo, y  se valoren los méritos que la persona consiga, pero se critica el hecho de que no se reconozca la realidad de cada individualidad, hasta el punto de darle poder al prejuicio, negándole al susodicho la posibilidad de estrenarse en la investigación. Entonces, el erudito se ciega y no ve más que lo que marcan el protocolo de la institución, y las buenas formas y demás requisitos que ha de cumplir un investigador. Cuando se impone el prejuicio, al académico sólo le queda la incredulidad de que sea posible el talento entre la plebe. Si la plebe  puede, que lo demuestre, como decía don Pamplín, y muchos como él. Porque estamos en una sociedad justa, sí señores, en una sociedad meritocrática, a cada cual según su capacidad,  que nadie lo ponga en duda.

lunes, 14 de julio de 2014



Así continuaron, desde las once de la noche, a las tres de la madrugada, creyendo tener la potestad para juzgarlos sin la menor impunidad.   Porque ¿qué más les daban que sus juicios fuesen más o menos acertados?  Lo realmente importante en estos casos es la sensación de confort que el criticar produce al hacerlas sentir inmunes de toda imperfección. Una hermosura grotesca, burda, deforme, conforta al que critica. Bajo el filtro del espejo del critiqueo, creen convertir sus propias fealdades, en modelos de belleza.