El tipo, un alto cargo con muchos títulos académicos, entonaba
el discurso de tal modo, que recordaba la cadencia rítmica del exquisito Ortega
y Gasset, cuando daba esas conferencias tan elocuentes sobre el sentido de la
vida y sus circunstancias. Probablemente, llegado el caso, la circunstancia de
cada cual le importaría un bledo al filósofo. Tampoco le importaba mucho al
catedrático don Pamplín.
Es curioso
comprobar cómo lo patán se combina perfectamente con la inteligencia. Incluso
un patán puede ser una persona diestra en la buena escritura, y de altas
exigencias culturales. Don Pamplín era un verdadero patán, y algunos más hay en
su mundillo universitario.
En la
universidad se conocen individuos de lo más diverso. Pero la universidad no es
sólo una institución, es también un estamento social, y como tal, priman
valores aristocráticos, aunque resulten grotescos en el día de hoy; y que son perfectamente perceptibles para
quienes, como yo, podemos observarla a cierta distancia.
Lo aristocrático
prevalece, y hace extensible la sombra sobre aquellos que el eminente académico
ha decidido calificar de “gente non grata”, siguiendo los criterios por él
determinados como objetivos para decidir quiénes investigan. Estos criterios
redundan en evaluaciones que etiquetan en las categorías de diestros, y no
diestros o incapaces. Algunos hay que están considerados sin que lo meritorio
medie como resultado de sus propias destrezas investigadoras, sino por el hecho
de que se mantienen tan dóciles y buenos aplaudidores a los méritos de los
eruditos, que sus sonoras palmas les hacen confirmar al eminente académico, que
en efecto cada cual ha de estar donde ha de estar, y que no se pasen en lo más
mínimo queriendo saltar la línea a la que ellos pertenecen, pues ahí sólo
entran los elegidos. Si la plebe no publica en buenas revistas, demuestra que
no son como la alta aristocracia académica, y no merece que se les de alas para
formarse, a no ser que disponga de fondos económicos para tal fin.
Se alaba
que se premie el esfuerzo, y se valoren
los méritos que la persona consiga, pero se critica el hecho de que no se
reconozca la realidad de cada individualidad, hasta el punto de darle poder al
prejuicio, negándole al susodicho la posibilidad de estrenarse en la
investigación. Entonces, el erudito se ciega y no ve más que lo que marcan el
protocolo de la institución, y las buenas formas y demás requisitos que ha de
cumplir un investigador. Cuando se impone el prejuicio, al académico sólo le
queda la incredulidad de que sea posible el talento entre la plebe. Si la plebe
puede, que lo demuestre, como decía don
Pamplín, y muchos como él. Porque estamos en una sociedad justa, sí señores, en
una sociedad meritocrática, a cada cual según su capacidad, que nadie lo ponga en duda.