miércoles, 23 de octubre de 2013

Tempestuosa como la noche fría frente a un mar helado. Tirita en la noche. El viento sopla fuera. La casona está en un lugar desierto de Irlanda. Esta sentada en un sillón frente a la chimenea. El humeante café aún mantiene el último sorbo y el aroma impregna con nostalgia todo el salón. Piensa, mientras contempla las llamaradas de madera que arden en la chimenea. Y sigue tiritando, sí, entre recuerdos de décadas. Dentro de una semana cumplirá setenta y ocho años. Se siente cansada, la artrosis carcome su rodilla derecha. Desde hace meses, cada atardecer, como ahora, unas décimas de fiebre la hacen tiritar de frío. Está sola, pero con una vida llena de historias de libros, de intensos recuerdos, construidos entre oportunos e inoportunos encuentros. Como ahora, pensativa, añosa, cabalmente hábil todavía para entrelazar recuerdos, y revivir historias pasadas.
Mañana sabrá a qué se debe esta fiebre que lleva meses acompañándola. Apenas le preocupa. Tan sólo la llamada de alguna amiga, y de su hermana, la despierta del largo letargo en el que entra su vida cada atardecer, a partir de las siete de la tarde, en este mes de enero de 2010. Hace frío fuera, y el invierno está siendo especialmente duro con ella. La muerte la acecha, lo sabe. Qué sería de la vida sin una muerte que calibre lo vivido. Dicen algunos que la vida pone a cada cual en su sitio. Los más atrevidos creen incluso que cada cual tiene lo que se merece. Ella no lo cree así. Un cúmulo de circunstancias hace que decidamos, entre unas limitadas posibilidades, la opción que se considera más acertada, con esa impronta de la infancia que lo empapa todo.

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